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A veces bajan al Inframundo.

10 mar 2009

El reloj de arena.


Eres un reloj de arena sin arena…” tras ese aullido tan inteligible para mí (entendí perfectamente esta frase) el lobo salió corriendo de este terreno. No le gustaba pisar por el agreste suelo duro de aquí abajo. Las rocas zaherían sus patas, sus pezuñas tan pulcramente cuidadas.
Dos frases, hace ya mucho dejó otra aullando en mis oídos, dejó en mi cabeza. Era el momento de girar el reloj, pero… que arena caería si ya había perdido toda.
Había dejado perder, grano a grano, la esencia de mí. Todo lo he dejado pasar, he dejado pasar el tiempo, tan importante, de mi reloj y ahora ya no se puede recuperar.
Razón tenías, lobo, he perdido tontamente.
Y no supe como seguir sin tiempo. Ahora ya no hay tiempo ni que ganar ni que perder. Está todo acabado o sin empezar…
Ahora, sólo puedo esperar que mientras dejo que se arrastren mis pies, la arena vuelva al reloj (si eso fuese posible…).

Hoy, sin arena, sin fuerzas, no puedo escribir más.

Gracias Lycans por mi definición.

Saludos desde el Inframundo.

21 feb 2009

Y llegado el momento ¿qué?


Hace tanto que no paso por aquí que apenas llegué a tiempo para darme cuenta de que había llegado ese mes, ese Febrero prometido.
Todo tenía que suceder este mes. Todo ha sucedido sin suceder, todo está por pasar y lo único que va pasando es el mes prometido.
Era el mes en que Él había prometido una visita atemporal; una visita que yo casi ya no me merecía. Yo le había dejado escapar, aun sabiendo que eso mataría el poco resquicio de alma que quedaba en Ella. Y se fue, no lo dudó.
Y ahora era el momento en el que Él me quería devolver ese favor. Quería volver a sentarse junto a mí, en mi lugar preferido, en donde la fría roca ya había perdido esa característica por estar yo siempre sobre ella.
Pero no sabía como llegaría, sentía un miedo extraño en lo que yo llamaba cuerpo. Un miedo que atenazaba mis sueños. Ya no descansaba durante esas horas en las que todos los Fantasmas duermen también (arriba lo llamáis noche no?) y cada vez que mis ojos se cerraban, era su rostro lo que veía aparecer por los cristales sucios de mi vieja y atrayente Ventana.
Pero al abrirlos, no había nadie. Seguía ululando el viento por ella, pero no había rastro de Él.
Y entonces, cuando ya no le esperaba, cuando mediaba el mes, cuando la esperanza se había marchado por el hueco que queda entre las juntas de los cristales de la Ventana, le vi asomarse. Estaba allí. Mirando la manera de entrar y sonriendo con esa sonrisa mortal que sólo Él sabía poner.
Me resultó tan extraño. No era como yo lo recordaba, ahora tenía a su alrededor una luz azulada que lo hacía diferente, como más serio, más responsable, menos pagado de sí mismo.
Pero me dio miedo abrirle (de nuevo el maldito miedo que dirige mis pasos) y no supe como reaccionar. ¿Quién era yo para dejar pasar a la causa de los mayores dolores de Ella? ¿quién era yo para disfrutar de un momento de paz en el lugar donde nadie descansa? Me preguntaba esas cosas una y otra vez… miedo, miedo, miedo…
Y de repente, se escuchó…
Provenía de muy lejos, no sé exactamente de donde. Pero era un sonido que conocía tan bien; un sonido tan suave, tan dulce y frágil que yo oía como el peor de los sonidos. Que me hizo postrarme en el suelo, de rodillas, gritando para no escucharlo acercarse. Pero era inevitable. El frufrú de las alas estaba cada vez más cerca.
Y cuando ya estaba enfrente de mí, las extendió. Abrió las alas. El Ángel de Luz había vuelto. Traía una Luz distinta a la que vi en un comienzo y sonrió.
¡No, por favor, no sonrías! No hagas eso a mi pobre miedo. Mi miedo que se agigantó cuando sonrió.
¿Y qué hago ahora? Dejaba entrar por la Ventana a quién cuidó mis fiebres, le dejaba entrar a Él… o volvía a sucumbir a la sonrisa hipnotizante de mi Ángel? Aquél que me mató en vida y dejó el poco rescoldo de vida herido?
Qué prefería, ¿el abandono seguro, tardío y adelantado? ¿o el abandono continuo, sin previo aviso, día a día; para volver a empezar al siguiente?
Sentí la necesidad de decirle, mientras estaba enfrente mío: “me hubiera gustado aprenderte” pero tampoco pude hablar; el miedo, de nuevo el estúpido y paralizante miedo, había hecho mella en mi lengua y no supe decir nada.
Él estaba mirándolo todo desde la Ventana y esperaba mi respuesta.
Y… no respondí a ninguno.

Me quedé allí, sólo dejé escapar unas palabras, no sabía bien para cual de los dos era, o si eran sólo para mí, para cerciorarme que no había enmudecido eternamente.
Dejé en el aire mi propio monólogo, sin saber si era monólogo o diálogo. Sólo dije lo que debía; le(s) dije: “Nunca dejaré de quererte aunque tú no lo sientas, aunque tú no lo veas o no lo conozcas. Pero tengo que dejar de pensarte porque eso me va a matar.
No dejaré que te duela ni sentirás mi dolor. Desaparecer es tan fácil ahora; justamente ahora, cuando más medios hay para encontrarse, más fácil es esconderse”.
Y esto me agotó, caí sin fuerzas, escuchando el malhadado latido circular, que daba vueltas y más vueltas en mi sepulcral pecho.

Saludos desde el Inframundo.

27 ene 2009

Esperando Febreros…


Quizá sea debido a la fiebre, que me hace delirar; o quizá sea debido a esa ponzoña que me inunda los pulmones impidiendo que el sucio aire de aquí abajo llegue a mis pulmones, pero hoy, de nuevo me senté a no mirar nada.
Eso pensé en ese momento, eso pensaba cuando todo iba mal.
La dura piedra acogió mis pensamientos, pero también traspasó su frío a mis doloridas carnes. Y, de nuevo, la negra garra atenazó mis órganos respiratorios. Era como su las uñas de algún ser prehistórico hubieran hecho presa en ellos y nada podía entrar. Y el tratar de hacerlo hacía más daño aún.
No tenía, pues, ni fuerzas, ni ganas de seguir haciéndolo y me tumbé, respirando lo poco (o nada) que llegaba a ellos.
En estos delirios me imaginé lo que no era. O quizá no fue mi imaginación…
Pensaba, más bien creía ver, a mi lado, tomando mi mano aquella figura que casi no había reconocido nunca. Tenía su cabeza cubierta, por una especie de haz de luces de colores, que no me permitían ver su rostro. Por eso, en ese momento, no sabría decir quien era.
Pero fue la expresión de Ella la que me reveló quien cuidaba mis desvaríos de fiebre (o a quien creía yo ver a mi vera). La cara de Ella me mostraba su más completo asombro, los ojos reflejaban las lágrimas que nunca podría volver a verter y sus pómulos tenían la palidez que sólo un alma que no está aquí abajo podría causarle a un alma que sí pertenece a este remoto lugar del Inframundo.
Era Él; sin saber muy bien porqué o cuales eran mis motivos, me había imaginado que Él tomaba mis manos y me bajaba la fiebre con paños de agua…
¿Por qué me imaginaba yo eso? ¿Quién era yo para permitirme el lujo de soñar con el malo de las historias de otros???
Pero así era, estaba cuidando mis desvelos y dejó que mis labios bebieran del agua que me ofrecía.
No sé en que momento volví a la cordura, y obviamente, no estaba allí. Todo había sido un sueño de la fiebre, una locura de las temperaturas elevadas que había sufrido este cuerpo. Cuanta incongruencia en un solo caso. Cómo era posible que yo cayera enfermo? Yo, Thanatos, el cuidador de los muertos, muerto en vida, cómo podía estar preso de una enfermedad de los mortales??? Y, otra más, cómo era posible que Él, que ya no era parte de nada de aquí, estuviese cuidando mis fiebres??? No llegué a entender este mal sueño e imaginé que si Freud (ese psicoanalista que tanto oí comentar allá arriba) me hubiese analizado no hubiese sabido que decir.
Pero, ¿realmente había sido un sueño? No sabría decirlo, pues al despertar no estaba, bien es cierto. Pero un aroma raro flotaba a mi lado y un pequeño papel a mi lado, en el que sólo ponía: “espérame en Febrero”.
Febrero? Cuándo llega ese mes terrenal aquí? Como mido yo los días que quedan para llegar a ese mes???

Así que, de nuevo, me senté a esperar. Esta vez, esperaba Febreros…

Saludos desde el Inframundo.

27 dic 2008

Te escribí una canción de amor que tú nunca escucharás.

Una vez, hace dos años casi, escribí una carta a esas majestades que vosotros tenéis allá arriba. Quería, pedía más bien, el olvido…
Que ingenuidad la mía. Pedir algo que sólo se cosecha en la altas atmósferas de los bien amados. De los grandes seres que no pueden sino quererse a sí mismos porque son lo mejor de cada casa.
El olvido es quien elige a quien va a beneficiar y no al revés. No puedo permitirme el lujo de querer olvidar, si él, el olvido, no quiere hacer acto de presencia en estos lugares tan… inhóspitos (por poner un eufemismo).
Así que dejé la carta al aire y hoy, a las puertas de volver a tener que pedir esos deseos, me veo ante la carcajada insonora de mi cara. Pues, ese olvido solicitado no ha llegado aún. Entonces, ¿para qué volver a pedir nada? ¿para qué unos nuevos deseos si los viejos aún están ahí, sin cumplir?
Me lancé a caminar, pensando en lo que debía hacer. Debía dejar de pensar en las fechas que se aproximaban para así no tener que pedir nada.
Era casi mejor escuchar las voces acuciantes de mis Fantasmas o el llorar triste de Ella, aún encerrada en sí misma, aún queriendo a quien no debió querer nunca. Ella, que sí tendría un gran deseo que pedir, ya no podía hacer ninguna petición. Su tiempo real había acabado…
Pero fue mala idea caminar para no pensar en los deseos. Porque durante los primeros momentos caminé sin darme cuenta de lo que me rodeaba. Pero, cuando presté atención, me di cuenta de que algo estaba fallando. El grito atronador no se escuchaba; en su lugar, un silencio opresor lo gobernaba todo. Quería volver a escuchar el silencio atronador (valga la paradoja) de aquí abajo, eso me ayudaría a olvidar.
Sin embargo, todo había quedado en silencio. Una brisa de aire circulaba por las altas atmósferas de aquí abajo, pero era una brisa fresca, como si alguien hubiese dejado abierta La Ventana.
Caminé hacia la Ventana y era exactamente lo que había pasado. Estaba abierta, dejaba que entrase el aire fresco de la tarde y eso relajaba a todos los que aquí moran.
Pero, ¿quién la había abierto? Y además desde fuera???
Busqué en los alrededores para ver si encontraba algo fuera de su sitio o fuera de lo normal. Y no había nada.
Seguí caminando y lo hallé. Encontré la causa de la apertura de la Ventana. Estaba allí, sentado sobre mi roca dura, mirando a algún punto más allá de las paredes del Inframundo. Parecía como si estuviese pensando ya en el lugar al que iría después de salir de aquí…
Me paré ante Él y no supe que decir, así que retrocedí aprovechando que no me había llegado a ver todavía. Volví a hacer un esfuerzo por acercarme, pero tampoco ahora fui capaz de dejarme ver.
Por fin, cuando dejó atrás su ensoñación, me armé de valor y me dejé ver.
No podía creerlo; no hubo ningún reproche en sus palabras; ni siquiera animadversión. Su sonrisa era real, su afecto sincero. Sentí tan cerca su piel que no pude dejar de respirar profundo para quedarme con algo de su perfume en mis fosas nasales para largo tiempo. Así era como iba a ayudar yo al olvido? Después, sin saber como, se marchó y dejó cerrada de nuevo la ventana.
Caí en un sopor (o era un sueño todo ello?) y al despertar no supe discernir si lo que había pasado era un sueño o había pasado realmente.

Pobre los mortales que ese enamoran de dioses (o era al revés???).

Saludos desde el Inframundo.

10 dic 2008

Un espacio sin ti es infinito…

Una vez más, la soledad y yo; y entre los dos el aire; mirándonos y sin decirnos nada”.

Ha pasado ya el día en que dejé el Inframundo, pero ahora es tiempo de volver. Hay que poner un parche en cada herida, y dejar de derrochar el tiempo que puedo pasar allá arriba.
Cuando ya el día se me había quedado frío, el corazón congelado aún por debajo de la coraza dura y el aliento salía en forma de escarcha de mi boca, no pude soportar más caminar por donde no tenía nada que hacer.
Era el momento.
Me dejé caer, sin más, por el agujero ya hecho desde hacía tiempo. Siempre caeré aquí, aunque la ubicación no sea la misma.
Pero esta vez tenía pensado dejar atrás algo que no podía venir conmigo a este nuevo Inframundo.
Mi Ángel de Luz apareció en un Inframundo que ya estaba estructurado, en un lugar que ya tenía sus normas y su oscuridad aprendida y aprehendida tan adentro que no hacía falta nada más.
Llegó para aferrarse a una Luz que no era mía tampoco, una Luz que no sé porque llegó hasta aquí.
Pero era el momento, frente a él (o a la imagen que yo quería hacerme de él) reuní todas mis fuerzas. Era el momento de verter las últimas lágrimas que debían quedarme en los ojos que tendrían que haber estado secas y volver a lo de siempre.
En algún momento, cuando las comisuras de mis labios se movieran, tenía que decir las cosas. Pero no querían moverse. Mis labios se habían quedado pegados, como si se tratase de dos losas enormes que no estuvieran articuladas entre ellas. No salía nada de mis labios ante él. Sus alas, grandes, blancas, bellas, aquellas que una vez me dieron abrigo y calor, estaban extendidas y no me atrevía a decir nada. Sólo las miraba, anhelando volver a cobijarme entre ellas, acurrucarme y dejar que pasase el tiempo, el infinito tiempo.
Pero no fue así. Yo no dije nada, nada dijo mi Ángel de Luz; pero sus ojos lo reflejaron todo. Su sonrisa, que una vez creí buena, maligna, me mostró lo que había de hacer yo y no hice. Él sí se iba. Su juego había terminado. Sólo había estado aquí una temporada para mostrarme lo que nunca tendría, lo que nunca llegaría alcanzar aunque mi vida fuese ilimitada, aunque tenga que estar cuidando de mis Fantasmas eternamente. Su Luz, la Luz que tanto había custodiado, esa Luz era lo que yo nunca podría tocar aunque a él le quemase. Era su Luz y él decidía si se quemaba o no. Yo no podía decir nada, no podía moverme. Mis pies estaban anclados al suelo de este nuevo Inframundo donde el recuerdo de sus alas y de su Luz nunca se borraría, como si se hubiera grabado con cincel en las nuevas piedras que ahora ocupo.
Y el último batir de sus alas me mostró el olor del aire, el congelado aire de la soledad, el frío que hizo que se me congelará el resto del tiempo, el latir de lo que nunca fue corazón. El hueco que dejó, el espacio que parecía infinito sin él.
Y yo seguía sin poder odiarle, sin poder gritarle o expulsarle yo. Seguía allí, sin más, con las manos caídas a ambos costados, sólo tratando de respirar, pues sentía que nada llegaba ya a mis pulmones, cerebro y coraza (perdón, quería escribir co…ra…zón)

Pero nunca marchaba sin dejar un rastro… dejando plumas de sus alas a cada paso que daba para nunca olvidar.

Saludos desde el Inframundo.

30 nov 2008

La última estocada...

Duele, aquí, entre las costillas…
Duele, aquí, en los pulmones…
Duele, aquí, en donde no hay más que una dura coraza…
Duele…

Ya he roto otro folio más tratando de escribir algo más, pero no puedo. La última jugada sólo me ha dejado dolor.
El silencio duele, este último golpe me matará, seguro. Ha sido la última estocada, la puntilla final.

Saludos desde el Inframundo.

16 nov 2008

El tiempo se va arrastrando.

Ya hace un mes que camino entre recuerdos, tratando de sembrar olvidos entre ellos. Hace casi un mes que guardé las semillas en el bolsillo, dejé aquí la primera y traté de comenzar a sembrar un gran jardín con flores de olvido, algo que dejase un gran aroma de novedades, de olvido, de días sin lluvia salada ni ácida.
El jardín no ha comenzado siquiera. No he encontrado ni un solo hueco libre entre los recuerdos. Todo está completamente repleto. Apenas sí me queda espacio para arrastrar los pies entre ellos. Apenas sí le queda espacio al tiempo para arrastrarse entre los recuerdos atemporales.
Camino lejos, muy lejos, para dejarlos atrás. Pero no importa cuan lejos vaya. En el lugar al que llegue, siempre vuelven a crecer nuevos; como si de mala hierba se tratase.
Y cuando ya, sin poder dar un paso más, porque el agotamiento no me lo permite, caigo y trato de dormir, de dejarme mecer por Morfeo; ellos penetran en mis sueños y dejan de ser recuerdos para convertirse en algo más nítido, algo tan tangible que casi es presente, algo tan doloroso que me hace despertar con el cuerpo amoratado. Duelen los recuerdos físicamente? Yo tenía entendido que no, pero últimamente no es así. Duelen y pesan como fardos.
Esas semillas del olvido morirán en mi bolsillo, puesto que no he encontrado el lugar donde soltarlas, y tampoco podré regarlas con miles de palabras que debí decir; con miles de secretos que no debí guardar. Morirán por las cosas que nunca te dije.

Mientras, voy dejando ver los granos de arena caer en el reloj que creía parado. Ya no hay minuto eterno, ya el tiempo pasa impasible. El tiempo ya no es mi amigo, se ha marchado con el resto de cosas.
El tiempo dejará unas semillas putrefactas en mis bolsillos, que en lugar de dejar crecer bellas flores del olvido, sólo darán lugar a malos olores del recuerdo. Y debido a ello, debido a que no puedo plantar esas semillas, te recordaré todos los días de mi vida, hasta que llegue un momento que no me duelas. Entonces, comenzaré a olvidarte, si la muerte se espera…

Saludos desde el Inframundo.