Hacía tanto tiempo que no escribía...
Ahora, después de todo ese tiempo me he dado cuenta de algo. Me he dado cuenta de que éste es MI reino, yo soy quien lo habito y gobierno y no quiero que nada ni nadie decida sobre sus formas de llevarlo.
Una Luz, una simple luz, consiguió trastocar todo el orden.
Y fue peor su cuidador. La eterna sombra que custodiaba una Luz que terminó siendo tan mala para él como para mí.
Una vez expulsada la Luz, el cuidador no quiso irse tras ella; se quedó aquí merodeando, para recordar el dolor que ella hizo sobre mí. La Luz no es buena aquí abajo, pues muestra en toda su plenitud la carcoma de este lugar.
Pero, tras este tiempo, me he dado cuenta que, ya que soy yo quien mando, no era tan difícil expulsar a la una y al otro.
Traté de luchar duro, de exigirle que se fuera...pero ante sus alas mis labios quedaban mudos.
Traté de no luchar, de que se marchara por agotamiento o por aburrimiento de estar en un lugar tan inhóspito.
Pero no eran buenas táctica... la paciencia es una de sus mayores virtudes.
Entonces, sin saber de donde, el viento del norte trajo a un curandero. No sabía muy bien su función aquí, no entendía muy bien que debía de curar. Pero me sorprendió, comenzó curando las paredes. Suena extraño, verdad? Comenzó tapando agujeros y llenándolos con susurros. Palabras dentro de unos agujeros de roca? Para qué iba a servir eso? Pues, sorprendentemente, sirvió. La roca se aglomeró sola. Se cerraron las grietas y dejó de supurar dolor por cada resquicio.
Después se acercó a mí. Me acarició dulcemente la cara y dejó caer en mis oídos también bellas palabras, además de su aliento.
Eso me iba a curar a mí? Quizá hizo efecto en la roca, pero en mí, después de tanto tiempo?
Pues sí, no sé como, el curandero había conseguido que luchara con la cabeza y pensara con el corazón. Y así, sin saber como, sin ninguna violencia, eliminé al cuidador, a ese Ángel de Luz que ya no hacía nada aquí, salvo causar dolor. Quizá vuelva, nunca se sabe cual es su destino, pero estos días, me ha dejado descansar al menos.
Y él, el cuidador, de momento, decidió quedarse un rato, por si acaso necesitaba más de su ayuda.
Por eso, durante este tiempo, no he pasado mucho por aquí. Estaba escuchando sus palabras, que gota a gota han dado un poco de calor a este frío de mi corazón. Para dejar, poco a poco, sus palabras en mis venas.
Ahora, ya está en vena.
Saludos desde el Inframundo.
31/10/2009
01/09/2009
Eppur si muove

Curioso es ver como las cosas funcionan al revés. A medida que el espacio aumenta, veo como las paredes se van aproximando, van estrechando el cerco.
Ahora, cuando me he armado de valor y he apagado la infinita Luz. Ahora que la oscuridad hace que esto parezca un pozo insondable; es ahora, digo, cuando parece que las paredes me van a aplastar.
En el último momento, cuando sentí caer la última gota en el último rescoldo de llama, oí un ruido. Mis oídos están abotargados aquí abajo, así que no quise creer que lo había oído.
Dejé pasar el tiempo (el arrastrar del tiempo) y, aun queriendo ignorarlo, sentía ese crujir.
Ese crujir que me demostró que es cierto. Los muros se mueven. Muy lentamente. Podría decirse que se trata de un movimiento tectónico, por su lento caminar. Pero se mueven, como diría Galileo.
Se van estrechando entorno a mí. Cuando yo no estoy en algún lugar, parece como si todo fuese como antes. Pero cuando yo estoy ahí, todo parece más pequeño.
Me estoy asfixiando en mi propio infierno. En el Reino que (ellos) construyeron para mí, ahora soy el extraño, el invasor.
Los Fantasmas lo notan y procuran arrinconarme siempre en el mismo lugar. Quieren que permanezca tanto tiempo en un mismo sitio... supongo que esperan que esté lo suficiente para que las paredes lleguen a aplastarme.
No saben, espero, que cuando la opresión es tal que apenas puedo moverme, mi Flor deja fluir el aroma tan suyo, tan característico, que hace que tenga que ir hacia ella. Allí, en el espacio en el que ella vive feliz, no hay opresión. Pero es ahí donde menos puedo quedarme. No quiero que ella sufra y menos aún, ver la luz que sí que persiste en su lugar. Justo estoy el tiempo necesario para conseguir respirar.
Después, cuando ya mis pulmones han recuperado su capacidad para insuflar el aire necesario, salgo huyendo hasta otro recóndito lugar; donde, más pronto que tarde, me hallarán mis fantasmas y volverán a acorralarme.
Pero, oh, pobre ingenuos!!!, ¿no saben que mi cuerpo es una caja vacía? ¿no saben que sólo aplastarán mis roídos huesos y mis ajados músculos? El músculo más importante, el artífice de todo movimiento, hace tiempo que no está conmigo, en esta jaula.
Yo descubrí su ausencia no hará mucho, pero cuando noté su hueco el dolor hizo que todo mi rostro se convirtiese en una mueca.
¿Desde cuándo lo tienes? Qué pregunta tan ingenua. Es obvio, desde que me dejaron caer aquí, ya era de alguien.
Ahora ya sé de quien es.
Si ellos no lo descubren, si dejan que también se marche (y pido a Zeus que lo haga cuanto antes) sin hacerle ningún daño, reposará tranquilo y feliz. Entre la túnica y las plumas de sus alas, mi corazón seguirá sano.
Sólo espero que no lo sepa nunca él tampoco. Es un órgano ya tan oscuro y agotado, que ni él querrá llevarlo como lastre.
Una vez que se haya ido, del todo, y se lo haya llevado, yo seguiré fingiendo que vivo, seguiré pensando que soy alguien y nadie lo notará.
Pero, desde ese día que se lo llevó, ya no soy nadie.
Sólo espero que lo cuide sin saberlo. Que lo mime sin notarlo y que lo guarde sin buscarlo.
Sólo te llevas lo que siempre fue tuyo, nada más (y nada menos).
Saludos desde el Inframundo.
11/08/2009
El último adiós
Cuando él llegó, ella apenas tenía una rendija de sus párpados abiertos.
Se acercó, la tomó entre sus brazos y acarició su mejilla pálida, casi transparente.
Ella sintió el tacto de su mano y abrió los ojos. Con las últimas fuerzas que le quedaban le dijo:
“Cuida ahora también de mi alma, pues el corazón ya era tuyo antes de esto”.
Después, con una sonrisa en los labios, exhaló el último aliento.
Saludos desde el Inframundo.
14/07/2009
Tantos días ausente, tantos días de muerte…

¿Qué es mejor, el abandono total, de golpe, seco, sin sangrar… o el ir dejando cada día un poco más de distancia, dejando gotas de sangre en cada paso que aleja los dos extremos del camino que nunca volverán a unirse?
No sabía que elegir, ambas opciones son malas o buenas. Ambas opciones son, al fin y al cabo, una decisión difícil.
Después de remover tierras de aquí abajo, decidí remover el cielo de allí arriba. Sí, lo hice de nuevo, me escapé por un tiempo, que ahora que veo, ha sido muy largo.
Supongo que a mí no se me ha pasado tan rápido cuando cada día pasaba con una lentitud pasmosa y sin nada de refugio y consuelo para mí.
Tenía que escaparme más lejos. Tenía que ver donde estaba el auténtico creador de los infiernos.
Me fui, pues, a la tierra de los infiernos de Dante, donde quizá tuviera que pasar las 7 pruebas para rescatar... el qué??? Él luchó por rescatar a su amor, pero, a quién tenía yo que rescatar y de qué? A mí mismo no era necesario rescatarme, ya no tenía salvación desde hacía demasiado tiempo y además, cada vez que estaba cerca de resarcirme, volvía a cometer estupideces que hacían que ningún pecado fuese perdonado.
Pero nunca partí del todo, dejé mis gotitas de sangre para seguir el camino. Hasta que no me quedó más. En algún momento de mi largo periplo, mi sangre se coaguló y se agotó de caer, sin más, sin sentido. Dejando un camino que nadie iba a seguir para encontrarme, pues nadie me estaba buscando.
Entonces, sin sentido y sin un rumbo que marcar a quien sabe, me dejé llevar. Me tumbé en la arena cálida, esa que hacía tiempo que no tocaba y sólo dejé de pensar. Durante no sé cuanto tiempo, la cabeza dejó la consciencia en algún lugar lejano y sólo fui. No sé si esto está bien dicho, sólo ser, pero al menos los sonidos agudos de mis Fantasmas, el batir de Alas de Mi Ángel y el chasquido infernal de las llamas de allá abajo, no llegaron a mis oídos.
Sentí Furia... Quise romperme, volver a hacerme en otro ser. No soy Penélope, yo no voy a esperar a Ulises eternamente tejiendo un telar que ni siquiera he empezado. Me agoté, en ese momento, de esperar... Quise romper todo y todos los lazos que me atan. Fue la Furia, pero sólo fue momentánea.
Pero no era factible, volví, caí y traté de encogerme tanto que no se me viera. Pero, todos aquí abajo tienen algún sexto sentido, que yo no he desarrollado, y me perciben incluso antes de que haya llegado. Y él, el maldito Ángel, también lo ha desarrollado; inmediatamente después de sentarme en la roca fría y dura (más fría ahora porque hacía tiempo que yo no me sentaba en ella) sentí su batir de alas. Nada podía hacer que no lo oyera, ni mis manos en mis oídos, ni los gritos de los Fantasmas; ni tan siquiera el penetrante y oloroso perfume que mi Flor trataba de esparcir por el ambiente. Era como el canto de las sirenas...
Y de nuevo, caí rendido. De nuevo, sonreí, tragué el orgullo que no sé manejar y caí.
Saludos desde el Inframundo.
09/06/2009
Volveré
Volveré, lo prometo, cuando mi ordenador decida volver también...
Aquí abajo debe ser que no es un lugar muy apropiado para circuítos y chips, y él, mi pequeño ordenador, ha decidido tomarse un respiro.
Por eso, cuando él decida que quiere volver, lo haré con él.
Gracias por seguir aunq yo no esté.
Saludos desde el Inframundo.
Aquí abajo debe ser que no es un lugar muy apropiado para circuítos y chips, y él, mi pequeño ordenador, ha decidido tomarse un respiro.
Por eso, cuando él decida que quiere volver, lo haré con él.
Gracias por seguir aunq yo no esté.
Saludos desde el Inframundo.
04/05/2009
Salto al vacío.
La puerta se abría, poco a poco, con la lentitud de una pesada compuerta de un avión que se encontraba a 1000 pies de altura (a los q sean necesarios para saltar).
Estaba todo preparado, la puerta, al abrirse, dejaba entrar un ruido ensordecedor del aire pasando a una velocidad que yo creía q no podía existir.
Todo estaba listo, la puerta había llegado al máximo y el aire ya no era una brisa fuerte, era un auténtico vendaval en ese pequeño cubículo que teníamos reservado los paracaidistas.
Estaba todo preparado, no sabía si tendría el valor de saltar desde tan alto; abajo, los parajes se veían como pequeñas maquetas que un arquitecto estaba construyendo en ese mismo momento, se veía como algunas de las pequeñas figuras que se iban a colocar todavía se movían , como si el maquetador no encontrase lugar donde ubicarlas.
Iba a saltar, era ahora o nunca. No tenía valor, me faltaban fuerzas, me pesaba el paracaídas… Pero mi monitor, Voland, el mejor del mundo; sólo me miró, me puso esos ojos q él sabe que doblegan mi voluntad… Y entonces salté.
A medio vuelo, me di cuenta q lo q pesaba no era un paracaídas. En mi espalda, venían pegados a mí todos y cada uno de los silencios, gritos o voces que no di. Pesaban como losas y me empujaban hacia el vacío a una velocidad insospechada. Iba a caer, me estamparía contra el suelo y sólo quedaría una mancha, fácil de borrar, q el tiempo no dejaría ningún recuerdo de mí allí donde estuve.
“No me dejes caer, no me sueltes. Déjame creer q a tu lado todo saldrá bien” Le gritaba una y otra vez a mi querido Voland, pero él sólo me gritaba q tenía q dejarme caer, tenía q ir soltando el lastre y así la caída sería más suave, no dolería tanto.
Fui soltando, una a una, esas losas pesadas que tenía en mi espalda y sentí, es cierto, q la caída no era tan rápida.
Cuando ya mi cuerpo rozaba el suelo, cuando ya el golpe iba a ser el final, sentí la dura roca. No había caído al vacío. Simplemente me había dormido sobre la roca fría y lo q estaba viendo en sueños es lo q siempre me había gritado mi gran Voland, ese ángel caído que pasa por aquí.
Tenía que hacerle caso de una vez. Era ahora o nunca. Me armé de valor (del poco que me quedaba), volví a coger a mi corcel negro y juntos galopamos hasta tierras inhóspitas, donde yo sabía q moraba el Ángel de Luz. Dónde él no sabía q le esperaba.
Me aposté a la espera de ver llegar sus blancas alas; sabía que el factor sorpresa jugaría en mi favor.
Y cuando lo tuve enfrente le espeté que se marchara. De frente, a unos breves 15 centímetros de su rostro, le pedí que se fuese lejos, q cogiese su Luz (su inefable Luz) y que se marchase para siempre. Dolía más su luminosidad aquí abajo que todos los gritos de los Fantasmas. Sus alas producían un ruido tan lastimoso para mis oídos que ni el ensordecedor gemir de Ella podían apagarlo.
Vete, escapa, márchate, déjame vivir en mi negrura como lo hacía antes. No me enseñes con tu Luz lo inhabitable que es mi Inframundo. No me muestres en lo que me he convertido y a lo que nunca podré acceder. Márchate y no te gires al hacerlo, sigue hasta que hayas salido.
Realmente, él no esperaba estas palabras. Querría creer que en su rostro se dibujó una mueca de sorpresa. Pero sólo lo creí, pues no dijo nada, giró su túnica, alzó sus alas y se marchó.
Pensaba que por fin lo había echado, por fin había escapado de su embelesadora sonrisa…
Pero nada es definitivo aquí abajo… Sólo se había marchado para recomponerse. Ahora, después de la sorpresa, venía con nuevas armas.
Ya no quería causar dolor.
¿Soportaría yo, ahora, esa nueva y extraña amistad que me proponía?
Saludos desde el Inframundo.
Estaba todo preparado, la puerta, al abrirse, dejaba entrar un ruido ensordecedor del aire pasando a una velocidad que yo creía q no podía existir.
Todo estaba listo, la puerta había llegado al máximo y el aire ya no era una brisa fuerte, era un auténtico vendaval en ese pequeño cubículo que teníamos reservado los paracaidistas.
Estaba todo preparado, no sabía si tendría el valor de saltar desde tan alto; abajo, los parajes se veían como pequeñas maquetas que un arquitecto estaba construyendo en ese mismo momento, se veía como algunas de las pequeñas figuras que se iban a colocar todavía se movían , como si el maquetador no encontrase lugar donde ubicarlas.
Iba a saltar, era ahora o nunca. No tenía valor, me faltaban fuerzas, me pesaba el paracaídas… Pero mi monitor, Voland, el mejor del mundo; sólo me miró, me puso esos ojos q él sabe que doblegan mi voluntad… Y entonces salté.
A medio vuelo, me di cuenta q lo q pesaba no era un paracaídas. En mi espalda, venían pegados a mí todos y cada uno de los silencios, gritos o voces que no di. Pesaban como losas y me empujaban hacia el vacío a una velocidad insospechada. Iba a caer, me estamparía contra el suelo y sólo quedaría una mancha, fácil de borrar, q el tiempo no dejaría ningún recuerdo de mí allí donde estuve.
“No me dejes caer, no me sueltes. Déjame creer q a tu lado todo saldrá bien” Le gritaba una y otra vez a mi querido Voland, pero él sólo me gritaba q tenía q dejarme caer, tenía q ir soltando el lastre y así la caída sería más suave, no dolería tanto.
Fui soltando, una a una, esas losas pesadas que tenía en mi espalda y sentí, es cierto, q la caída no era tan rápida.
Cuando ya mi cuerpo rozaba el suelo, cuando ya el golpe iba a ser el final, sentí la dura roca. No había caído al vacío. Simplemente me había dormido sobre la roca fría y lo q estaba viendo en sueños es lo q siempre me había gritado mi gran Voland, ese ángel caído que pasa por aquí.
Tenía que hacerle caso de una vez. Era ahora o nunca. Me armé de valor (del poco que me quedaba), volví a coger a mi corcel negro y juntos galopamos hasta tierras inhóspitas, donde yo sabía q moraba el Ángel de Luz. Dónde él no sabía q le esperaba.
Me aposté a la espera de ver llegar sus blancas alas; sabía que el factor sorpresa jugaría en mi favor.
Y cuando lo tuve enfrente le espeté que se marchara. De frente, a unos breves 15 centímetros de su rostro, le pedí que se fuese lejos, q cogiese su Luz (su inefable Luz) y que se marchase para siempre. Dolía más su luminosidad aquí abajo que todos los gritos de los Fantasmas. Sus alas producían un ruido tan lastimoso para mis oídos que ni el ensordecedor gemir de Ella podían apagarlo.
Vete, escapa, márchate, déjame vivir en mi negrura como lo hacía antes. No me enseñes con tu Luz lo inhabitable que es mi Inframundo. No me muestres en lo que me he convertido y a lo que nunca podré acceder. Márchate y no te gires al hacerlo, sigue hasta que hayas salido.
Realmente, él no esperaba estas palabras. Querría creer que en su rostro se dibujó una mueca de sorpresa. Pero sólo lo creí, pues no dijo nada, giró su túnica, alzó sus alas y se marchó.
Pensaba que por fin lo había echado, por fin había escapado de su embelesadora sonrisa…
Pero nada es definitivo aquí abajo… Sólo se había marchado para recomponerse. Ahora, después de la sorpresa, venía con nuevas armas.
Ya no quería causar dolor.
¿Soportaría yo, ahora, esa nueva y extraña amistad que me proponía?
Saludos desde el Inframundo.
24/04/2009
No he querido saber pero he sabido.
Así comienza un libro que me dejó huella. Así comencé a salir de la Caverna del Olvido.
No quería saber, no quería escuchar nada, pues la ignorancia es el mejor paraíso en el que podemos habitar. No hay persona más feliz que el que no sabe lo que le espera… Así creía yo sentirme al salir de esa Caverna sin saber que encontraría fuera y, sobre todo, sin querer encontrármelo.
Las promesas que nunca llegaron, desde inicios de año, habían hecho que ya no escuchase nada. Todo eran mentiras, ¿para qué escuchar?
Pero algo se movía en el exterior y, aunque aquí dentro se está bien, debía de salir para ver que ocurría.
Y todo estaba como siempre y todo estaba del revés. Todo volvía a ser el ordenado caos de aquí abajo, pero la mitad de los Fantasmas descansaba, mientras la otra mitad los observaba. ¿A qué se debía este extraño comportamiento? ¿Por qué se vigilaban los sueños los unos a los otros?
Una vez que todos los que velaban los sueños vieron mi negra túnica salir, comenzaron a emitir sus gritos agudos, para despertar al resto. Era la señal para hacer algo… pero, ¿el qué?
No quería saber… quería seguir en la ignorancia.
Pero eso no me está permitido a mí, tenía que saber, era mi obligación. Uno a uno, fueron cerrando un círculo a mi alrededor, como si así pudiesen retenerme. Saben perfectamente que no es así, pero esta vez pudieron, pues su grito empezó a tomar un nombre. Todos repetían, al unísono: “tu Flor nos ayudó, tu Flor nos ayudó…”
Qué estaba ocurriendo??? Qué había hecho mi Flor?
Sin poder pensar más que en eso, me fui hacia ella. Estaba casi sin color, caída de un lado. Me acerqué y pude ver que habían exprimido todo el olor que ella fabricaba para mí y se habían llevado toda su belleza. Pero por qué?
Al final, sin saber como, me armé de valor y fui a hablar con ellos. Los Fantasmas esperaban, no tienen otra cosa que hacer de todas formas, y sabían que volvería. Grité al aire, a alguien, qué había pasado.
Entonces, con una calma que sólo pueden tener ellos, como si de una sola voz se tratase, me dijeron que sabiendo que mi Flor podía fabricar el olor que a mí me mataba, habían tratado de tomar todo cuanto saliera e impregnado sus halos.
Todo olía al perfume que debe tener mi Ángel de Luz, todo el Inframundo olía a eso. De ahí que no me resultase extraña la salida de la Caverna.
Y ahora me veo persiguiendo humo. Persiguiendo, día tras día, un olor que no es el de mi Ángel pero se le parece. Cada paso me lleva a buscar algo que no voy a encontrar, no voy a hallar, al final de mi búsqueda, una sonrisa ni una caricia ni una palabra de apoyo. El frío de mi ser, mi carácter gélido, no lo merecen. No voy a encontrar tras la última roca que tuerza, el suave salpicar de las olas cuando saca la carita un delfín, uno de los sueños que nunca cumpliré.
No voy a encontrar nada, porque sólo voy persiguiendo humo. Un humo que tiene su origen en el fuego que ha generado la maldita Luz y el Ángel que la vigila. Y que yo he dejado que se propague durante demasiado tiempo, ahora ya es muy difícil de apagar.
Quiero escapar de una vez, ¿por qué me elegiste a mí conociendo tanta gente?
Saludos desde el Inframundo.
No quería saber, no quería escuchar nada, pues la ignorancia es el mejor paraíso en el que podemos habitar. No hay persona más feliz que el que no sabe lo que le espera… Así creía yo sentirme al salir de esa Caverna sin saber que encontraría fuera y, sobre todo, sin querer encontrármelo.
Las promesas que nunca llegaron, desde inicios de año, habían hecho que ya no escuchase nada. Todo eran mentiras, ¿para qué escuchar?
Pero algo se movía en el exterior y, aunque aquí dentro se está bien, debía de salir para ver que ocurría.
Y todo estaba como siempre y todo estaba del revés. Todo volvía a ser el ordenado caos de aquí abajo, pero la mitad de los Fantasmas descansaba, mientras la otra mitad los observaba. ¿A qué se debía este extraño comportamiento? ¿Por qué se vigilaban los sueños los unos a los otros?
Una vez que todos los que velaban los sueños vieron mi negra túnica salir, comenzaron a emitir sus gritos agudos, para despertar al resto. Era la señal para hacer algo… pero, ¿el qué?
No quería saber… quería seguir en la ignorancia.
Pero eso no me está permitido a mí, tenía que saber, era mi obligación. Uno a uno, fueron cerrando un círculo a mi alrededor, como si así pudiesen retenerme. Saben perfectamente que no es así, pero esta vez pudieron, pues su grito empezó a tomar un nombre. Todos repetían, al unísono: “tu Flor nos ayudó, tu Flor nos ayudó…”
Qué estaba ocurriendo??? Qué había hecho mi Flor?
Sin poder pensar más que en eso, me fui hacia ella. Estaba casi sin color, caída de un lado. Me acerqué y pude ver que habían exprimido todo el olor que ella fabricaba para mí y se habían llevado toda su belleza. Pero por qué?
Al final, sin saber como, me armé de valor y fui a hablar con ellos. Los Fantasmas esperaban, no tienen otra cosa que hacer de todas formas, y sabían que volvería. Grité al aire, a alguien, qué había pasado.
Entonces, con una calma que sólo pueden tener ellos, como si de una sola voz se tratase, me dijeron que sabiendo que mi Flor podía fabricar el olor que a mí me mataba, habían tratado de tomar todo cuanto saliera e impregnado sus halos.
Todo olía al perfume que debe tener mi Ángel de Luz, todo el Inframundo olía a eso. De ahí que no me resultase extraña la salida de la Caverna.
Y ahora me veo persiguiendo humo. Persiguiendo, día tras día, un olor que no es el de mi Ángel pero se le parece. Cada paso me lleva a buscar algo que no voy a encontrar, no voy a hallar, al final de mi búsqueda, una sonrisa ni una caricia ni una palabra de apoyo. El frío de mi ser, mi carácter gélido, no lo merecen. No voy a encontrar tras la última roca que tuerza, el suave salpicar de las olas cuando saca la carita un delfín, uno de los sueños que nunca cumpliré.
No voy a encontrar nada, porque sólo voy persiguiendo humo. Un humo que tiene su origen en el fuego que ha generado la maldita Luz y el Ángel que la vigila. Y que yo he dejado que se propague durante demasiado tiempo, ahora ya es muy difícil de apagar.
Quiero escapar de una vez, ¿por qué me elegiste a mí conociendo tanta gente?
Saludos desde el Inframundo.
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