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A veces bajan al Inframundo.

6 feb. 2010

El café de los gatos, tres.


Alguien dijo alguna vez que existe un Boulevard de los Sueños Rotos. En este lugar, en el sentido contrario a cualquier dirección, en la acera de los números impares, se encuentra El Café de los Gatos, tres.
No está en el número tres, ni siquiera es una cadena de restaurantes ni éste es el tercero que se abrió. No. Simplemente, es un lugar poco visitado, apenas va nadie. Su dueño, sabedor de esta situación, quiso ponerle otro nombre, pero hasta al rotulista, se le olvidó el nombre y cuando fue a poner El Café de los Tres Gatos, se le olvidó el número ordinal y tuvo que añadirlo después. No tuvo problemas con el dueño del bar, pues no le molestó el nombre que había puesto; es más, dijo, queda más original. Así, al menos la gente preguntará si es el tercero o el porqué de su nombre.
Y así quedó el cartel, el café y la calle. Marcada por un nombre curioso, Sueños Rotos, y por un café que no está en el número 3.

Y ahí es donde decidí reunirlos yo. Era el mejor lugar para que se encontrasen. Ya era hora de tenerlos a los dos cara a cara. Y no podía elegir un lugar muy transitado, porque sé que ella no vendría si elegía cualquier otro lugar.

Llegué yo primero. Siempre, esta manía mía de llegar cinco minutos antes a las citas, que me hace esperar esos cinco minutos más los diez de rigor que todo el mundo suele llegar tarde. Pero esta vez me venían bien esos minutos. Tenía que elegir un sitio neutral, ni demasiado escondido en el que él probablemente no se sentiría a gusto ni demasiado expuesto, en el cual ella, bajo ningún concepto, aceptaría sentarse por miedo a que la vieran.
Me gustó esa mesa; al lado de la ventana, pero en un rincón. Estaba en la ventana, él podía tener su ración de ego cuando la gente (poca o, incluso, ninguna) pasara por el boulevard. Y ella tendría su parcela de intimidad, pues el rincón nos aislaba de la gente que entrase (también poca o ninguna).

Ya era la hora, el reloj sin agujas que colgaba de ningún sitio, en la barra del café, empezó a tocar las 7 campanadas insonoras. Ya empezaban a aflorar los nervios. No sabía como reaccionarían ante una reunión así, pues no era común verlos juntos y menos conmigo como mediador.

Ambos llegaron con escasos segundos de diferencia. Primero llegó ella, toda envuelta en su abrigo largo negro. La bufanda le cubría algo más de lo reglamentario, dejando ver, a duras penas, las largas y negras pestañas y una diminuta rendija de sus ojos, entrecerrados para tratar de localizarme en la penumbra del café. Levanté la mano, haciendo un gesto, para que me viera y se acercó. Cuando examinó el sitio y vio que le parecía bien, dejó el abrigo. Debajo no había nada que pudiera llamar la atención, un jersey negro, de cuello cisne, que dejaba salir, como arañando la garganta, la barbilla estilizada. Y unos pantalones también del mismo color, terminados en unas botas altas, de color gris oscuro. No había posibilidad de que hubiese piernas o algo similar, todo era una continuidad de ropa. Por un momento, incluso creí que no tenía manos, pues no se quitó los guante hasta pasados dos segundos, cuando se percató de que no me había saludado. Se los quitó y pude sentir sus dedos gélidos. Ya tenía a uno de mis dos invitados al café.

Segundos después llegó él. Nunca fue la discreción su mayor virtud, así que no fue difícil distinguirle. El chaquetón de cuero que llevaba, hacía tiempo, fue de color marrón. Ahora, con un esfuerzo sobrenatural, trataba de conseguir no pasar a negro y caerse por los lados. Enseguida nos vio, no obstante, traía siempre sus ojos bien abiertos (y en el café no había nadie más). Llegó y se sentó, pero antes nos dejó ver su rojo jersey de cuello pico, que dejaba ver su pecho torneado y tostado al sol de quien sabe que playa. Su vestimenta se completaba con unos vaqueros que en su día quisieron ser nuevos. Hoy, llenos de agujeros (incluso, yo creo, hechos por él mismo), sólo querían ya un lugar de descanso en una percha del armario.

Se sentó a mi otro lado, y me gritó un: “que pasa”, a modo de saludo, que hizo que ella se alarmase. Después comentó que la ubicación de la mesa no estaba mal, pero que a él le hubiese gustado un poco más en el centro.

Ya estaban los dos, ahora llegaba el peor momento, tenía que presentarlos y conseguir que no se fuera ni el uno ni la otra.
Me armé de valor y comencé con un: “os parecerá raro que os haya reunido aquí, sin saber quien es el otro y en lugar tan extraño, pero ha llegado el momento de ponernos de acuerdo”. Y comencé las presentaciones. Es de caballeros empezar por las damas, así que así lo hice.
“Cobardía aquí tienes a Valor”. “Valor, ella es Cobardía”.

Los ojos de ambos escrutaron la cara del otro. Sentí que Cobardía se iba a levantar y marcharse, pero hasta eso le daba miedo en esta situación. Valor sólo la miró, sonrió con sus dientes perfectos de clínica dental y levantó la mano en señal de saludo.
Yo, en medio, pues ahí es donde dice Platón que queda la virtud, trataba de pensar que pasaría con este encuentro.

Pero había llegado el camarero, ahora no podía empezar a plantear el dilema y el porqué los había reunido.

“Mejor pedimos y luego ya os cuento, vale?”....


Saludos desde el Inframundo.

5 comentarios:

ave de estinfalo dijo...

Hola!!

Suena interesante el lugar, me senti como si lo estuviera viendo

cuidate muchote, te dejo mis saludos afectuosos

byE

Abril Lech dijo...

Vel! Y??????

Abril Lech dijo...

En la espera...

mixtu dijo...

um lugar
um encontro
o reencontro...
poco vistado...
3 gatos
no en nº 3

Nunca fue la discreción su mayor virtud, así que no fue difícil distinguirle.

abrazo serrano en paris, una viage en busca de mi amor...

Miss Hyde dijo...

Pues habrá que esperar a ver que sucede entre esos dos...
Besitos.