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A veces bajan al Inframundo.

21 feb. 2009

Y llegado el momento ¿qué?


Hace tanto que no paso por aquí que apenas llegué a tiempo para darme cuenta de que había llegado ese mes, ese Febrero prometido.
Todo tenía que suceder este mes. Todo ha sucedido sin suceder, todo está por pasar y lo único que va pasando es el mes prometido.
Era el mes en que Él había prometido una visita atemporal; una visita que yo casi ya no me merecía. Yo le había dejado escapar, aun sabiendo que eso mataría el poco resquicio de alma que quedaba en Ella. Y se fue, no lo dudó.
Y ahora era el momento en el que Él me quería devolver ese favor. Quería volver a sentarse junto a mí, en mi lugar preferido, en donde la fría roca ya había perdido esa característica por estar yo siempre sobre ella.
Pero no sabía como llegaría, sentía un miedo extraño en lo que yo llamaba cuerpo. Un miedo que atenazaba mis sueños. Ya no descansaba durante esas horas en las que todos los Fantasmas duermen también (arriba lo llamáis noche no?) y cada vez que mis ojos se cerraban, era su rostro lo que veía aparecer por los cristales sucios de mi vieja y atrayente Ventana.
Pero al abrirlos, no había nadie. Seguía ululando el viento por ella, pero no había rastro de Él.
Y entonces, cuando ya no le esperaba, cuando mediaba el mes, cuando la esperanza se había marchado por el hueco que queda entre las juntas de los cristales de la Ventana, le vi asomarse. Estaba allí. Mirando la manera de entrar y sonriendo con esa sonrisa mortal que sólo Él sabía poner.
Me resultó tan extraño. No era como yo lo recordaba, ahora tenía a su alrededor una luz azulada que lo hacía diferente, como más serio, más responsable, menos pagado de sí mismo.
Pero me dio miedo abrirle (de nuevo el maldito miedo que dirige mis pasos) y no supe como reaccionar. ¿Quién era yo para dejar pasar a la causa de los mayores dolores de Ella? ¿quién era yo para disfrutar de un momento de paz en el lugar donde nadie descansa? Me preguntaba esas cosas una y otra vez… miedo, miedo, miedo…
Y de repente, se escuchó…
Provenía de muy lejos, no sé exactamente de donde. Pero era un sonido que conocía tan bien; un sonido tan suave, tan dulce y frágil que yo oía como el peor de los sonidos. Que me hizo postrarme en el suelo, de rodillas, gritando para no escucharlo acercarse. Pero era inevitable. El frufrú de las alas estaba cada vez más cerca.
Y cuando ya estaba enfrente de mí, las extendió. Abrió las alas. El Ángel de Luz había vuelto. Traía una Luz distinta a la que vi en un comienzo y sonrió.
¡No, por favor, no sonrías! No hagas eso a mi pobre miedo. Mi miedo que se agigantó cuando sonrió.
¿Y qué hago ahora? Dejaba entrar por la Ventana a quién cuidó mis fiebres, le dejaba entrar a Él… o volvía a sucumbir a la sonrisa hipnotizante de mi Ángel? Aquél que me mató en vida y dejó el poco rescoldo de vida herido?
Qué prefería, ¿el abandono seguro, tardío y adelantado? ¿o el abandono continuo, sin previo aviso, día a día; para volver a empezar al siguiente?
Sentí la necesidad de decirle, mientras estaba enfrente mío: “me hubiera gustado aprenderte” pero tampoco pude hablar; el miedo, de nuevo el estúpido y paralizante miedo, había hecho mella en mi lengua y no supe decir nada.
Él estaba mirándolo todo desde la Ventana y esperaba mi respuesta.
Y… no respondí a ninguno.

Me quedé allí, sólo dejé escapar unas palabras, no sabía bien para cual de los dos era, o si eran sólo para mí, para cerciorarme que no había enmudecido eternamente.
Dejé en el aire mi propio monólogo, sin saber si era monólogo o diálogo. Sólo dije lo que debía; le(s) dije: “Nunca dejaré de quererte aunque tú no lo sientas, aunque tú no lo veas o no lo conozcas. Pero tengo que dejar de pensarte porque eso me va a matar.
No dejaré que te duela ni sentirás mi dolor. Desaparecer es tan fácil ahora; justamente ahora, cuando más medios hay para encontrarse, más fácil es esconderse”.
Y esto me agotó, caí sin fuerzas, escuchando el malhadado latido circular, que daba vueltas y más vueltas en mi sepulcral pecho.

Saludos desde el Inframundo.