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A veces bajan al Inframundo.

4 may. 2009

Salto al vacío.

La puerta se abría, poco a poco, con la lentitud de una pesada compuerta de un avión que se encontraba a 1000 pies de altura (a los q sean necesarios para saltar).
Estaba todo preparado, la puerta, al abrirse, dejaba entrar un ruido ensordecedor del aire pasando a una velocidad que yo creía q no podía existir.
Todo estaba listo, la puerta había llegado al máximo y el aire ya no era una brisa fuerte, era un auténtico vendaval en ese pequeño cubículo que teníamos reservado los paracaidistas.
Estaba todo preparado, no sabía si tendría el valor de saltar desde tan alto; abajo, los parajes se veían como pequeñas maquetas que un arquitecto estaba construyendo en ese mismo momento, se veía como algunas de las pequeñas figuras que se iban a colocar todavía se movían , como si el maquetador no encontrase lugar donde ubicarlas.
Iba a saltar, era ahora o nunca. No tenía valor, me faltaban fuerzas, me pesaba el paracaídas… Pero mi monitor, Voland, el mejor del mundo; sólo me miró, me puso esos ojos q él sabe que doblegan mi voluntad… Y entonces salté.
A medio vuelo, me di cuenta q lo q pesaba no era un paracaídas. En mi espalda, venían pegados a mí todos y cada uno de los silencios, gritos o voces que no di. Pesaban como losas y me empujaban hacia el vacío a una velocidad insospechada. Iba a caer, me estamparía contra el suelo y sólo quedaría una mancha, fácil de borrar, q el tiempo no dejaría ningún recuerdo de mí allí donde estuve.
“No me dejes caer, no me sueltes. Déjame creer q a tu lado todo saldrá bien” Le gritaba una y otra vez a mi querido Voland, pero él sólo me gritaba q tenía q dejarme caer, tenía q ir soltando el lastre y así la caída sería más suave, no dolería tanto.
Fui soltando, una a una, esas losas pesadas que tenía en mi espalda y sentí, es cierto, q la caída no era tan rápida.
Cuando ya mi cuerpo rozaba el suelo, cuando ya el golpe iba a ser el final, sentí la dura roca. No había caído al vacío. Simplemente me había dormido sobre la roca fría y lo q estaba viendo en sueños es lo q siempre me había gritado mi gran Voland, ese ángel caído que pasa por aquí.
Tenía que hacerle caso de una vez. Era ahora o nunca. Me armé de valor (del poco que me quedaba), volví a coger a mi corcel negro y juntos galopamos hasta tierras inhóspitas, donde yo sabía q moraba el Ángel de Luz. Dónde él no sabía q le esperaba.
Me aposté a la espera de ver llegar sus blancas alas; sabía que el factor sorpresa jugaría en mi favor.
Y cuando lo tuve enfrente le espeté que se marchara. De frente, a unos breves 15 centímetros de su rostro, le pedí que se fuese lejos, q cogiese su Luz (su inefable Luz) y que se marchase para siempre. Dolía más su luminosidad aquí abajo que todos los gritos de los Fantasmas. Sus alas producían un ruido tan lastimoso para mis oídos que ni el ensordecedor gemir de Ella podían apagarlo.
Vete, escapa, márchate, déjame vivir en mi negrura como lo hacía antes. No me enseñes con tu Luz lo inhabitable que es mi Inframundo. No me muestres en lo que me he convertido y a lo que nunca podré acceder. Márchate y no te gires al hacerlo, sigue hasta que hayas salido.

Realmente, él no esperaba estas palabras. Querría creer que en su rostro se dibujó una mueca de sorpresa. Pero sólo lo creí, pues no dijo nada, giró su túnica, alzó sus alas y se marchó.

Pensaba que por fin lo había echado, por fin había escapado de su embelesadora sonrisa…
Pero nada es definitivo aquí abajo… Sólo se había marchado para recomponerse. Ahora, después de la sorpresa, venía con nuevas armas.
Ya no quería causar dolor.
¿Soportaría yo, ahora, esa nueva y extraña amistad que me proponía?

Saludos desde el Inframundo.